Estoy convencida que las pequeñas acciones logran grandes cambios y que muchas veces la revolución comienza en casa.
Dejar de consumir productos que no necesitamos, nos envenenan y dañan a otros, con experimentos crueles y prácticas comerciales injustas, es un acto de congruencia que se vuelve revolucionario en un entorno dominado por la publicidad.
Se muy bien que es imposible escapar por completo de esta dinámica, incluso el bloguero que vive en una cueva necesita algunos artefactos del capitalismo para comer, vestir y contar su experiencia. Sin embargo, podemos transformar nuestro consumo en una actividad amigable y comprometida.
Vamos cambiando las cosas poco a poco.
En los próximos posts contaré mi experiencia sustituyendo algunos de estos productos, tal vez, alguna receta les sirva y podamos cambiar algunos hábitos de consumo que resultan absurdos.