En noviembre del año pasado murió mi perrita Leny, una extraña mezcla gordita de ewok y maltés negrito quien tuvo muy mala estrella durante quién sabe cuántos años de su vida hasta que llegó con nosotros y pasó muy feliz cinco años como una princesa.
Leny venía del Refugio Franciscano, según sabemos, había sufido maltrato y abandono, tenía una fuerte infección en la piel, cataratas, le faltaban muchos dientitos y las gomitas desgastadas en sus patitas, nos contaban que anduvo vagando muchgo tiempo por ahí. Nunca fue un perro tierno y abiertamente cariñoso, creo que lo único que buscaba era calma.
No fue sencillo adaptarnos a un animalito con discapacidad, lo admito, pero cuando se echaba en su camita, suspiraba y nos veía con profundo agradecimiento, a uno simplemente, se le encogía el corazón, era imposible no querer a mi gordita, la versión canina de la Tía Jemima de los Hot Cakes.
Los perros son esos extraños seres que guardan amor en su almita a pesar del maltrato, a pesar de muchas cosas. Tienen mejor corazón que una larguísima lista de humanos y en este país donde las leyes apenas se cumplen para nosotros, son los animales los más desprotegidos; ellos no tienen voz y sufren cosas escalofriantes. Algunos chiquitos afortunados llegan al Santuario Milagros Caninos donde los cuidan y los hacen felices.
Un tuitero: @chupeflash hizo un documental sobre este santuario, dejo el link para que lo vean y tal vez miren distinto a los perritos callejeros: